Aquí hay dragones

Rob Ryan nos relata el origen de esta expresión y cómo su mensaje de aventura inherente ha sido siempre una constante en Belstaff.

A lo largo de todo el metraje del clásico wéstern El bueno, el feo y el malo se escucha una y otra vez la misma frase, unas veces de la boca de Blondie (Clint Eastwood) y otras veces de la de Tuco (Eli Wallach). Empieza así: «En este mundo hay dos clases de personas…» y en cada ocasión el mundo se divide en dos categorías; por ejemplo, «los que entran por la puerta y los que entran por la ventana», «los que tienen el revólver cargado y los que cavan». Y esto es lo que ocurre con la frase «Aquí hay dragones», que suele dividir al mundo en dos bandos. Pero antes de entrar de lleno en este asunto, veamos la etimología del término.

Esta frase proviene del latín hic sunt dracones, una leyenda que solía utilizarse en los mapas para referirse a aquellos territorios peligrosos e inexplorados donde lo aterrador aguardaba a los desprevenidos viajeros que se atreviesen a acercarse. Todavía se sigue usando hoy en día como abreviatura para entornos hostiles o peligrosos, incluso a sabiendas de que, lamentablemente, ni hay dragones, ni nunca los hubo. La inscripción equivalente y menos ficticia en cartografía quizás sea terra incognita: tierra desconocida, que se observó por primera vez en la obra cartográfica Geografía de Tolomeo, escrita hacia el año 150 y utilizada de nuevo cuando el manuscrito fue redescubierto en la Edad Media.

Esta nota de advertencia también puede leerse en el Globo de Lenox, un globo terráqueo muy pequeño hecho de cobre que data de en torno al año 1510, donde aparece sobre la costa sudeste de Asia (o lo que venía a ser las Indias Orientales), describiéndola como «hic sunt dracones».

Aquí hay dragones

En el brillante recorrido por la historia de la cartografía que realiza Simon Garfield y que recoge en su obra En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto, el autor conjetura que la frase podría también traducirse por «aquí hay dragonianos», en referencia a los caníbales mencionados en los viajes de Marco Polo. Dejando a un lado la cuestión de si la advertencia resulta más amenazadora cuando recae en caníbales o en bestias aladas, esta interpretación pasa por alto el hecho de que en los mapas aparecen dragones. Estos aparecen en forma de imágenes más que en inscripciones, lo que es lógico ya que los mapas utilizan el lenguaje visual.

Por esta razón, no es de extrañar que estos dibujos de dragones o seres parecidos a dragones (existe un margen de maniobra en lo que respecta a los monstruos mitológicos) aparezcan en mapas como el Mapamundi anglosajón (1025), el Mapamundi de Ebstorf (1232), el Mapa Borgia (en torno a 1450) y el mapa Carta Marina (1539), repleto de criaturas marinas fantásticas. La razón por la que la inscripción se omite y no aparece junto a las ilustraciones de dragones es que estas, junto a otras como las de leones alados, serpientes de mar y demás criaturas, eran ideogramas medievales, imágenes convencionales que ahorraban al cartógrafo el trabajo de tener que transcribir palabras.

Independientemente de que el mensaje se transmita mediante palabras o imágenes, creo que la reacción a la frase demuestra que en el mundo hay dos clases de personas. Aquellas que piensan: «Es mejor permanecer alejados de allí y vivir una vida tranquila», y aquellas para las que solo existe una opción: «Pongámonos en marcha, ya mismo». Belstaff siempre ha sido la ropa elegida por esta última clase de personas, como el Che Guevara o Ewan McGregor, para los que la frase hic sunt dracones actúa como una fuerza seductora que les lleva a recorrer continentes sobre dos ruedas o a romper récords mundiales, como la marca de velocidad que batió Joe Wright en Brooklands en los años 20 o la que prepara Guy Martin en Utah. O que les impulsa a demostrar que superar los límites no es solo cosa de hombres, como ya hicieron con sus vuelos épicos las pilotos Amelia Earhart, Amy Johnson y su digna sucesora Tracey Curtis-Taylor. O a recorrer a pie el Nilo o a escalar el Himalaya como Levison Wood.

Aquí hay dragones

Todas estas personas que abrieron camino eligieron hacerlo con Belstaff porque sabían que su ropa y equipamiento eran funcionales, fiables y resistentes, ya que la marca se forjó en climas fríos, en entornos duros y exigentes, a gran velocidad, bajo vientos peligrosos, en el circuito, en el aire, al límite y en las cumbres del planeta; y al mismo tiempo atemporales, ya que la audacia estilística y el buen hacer nunca pasan de moda.

Belstaff es sinónimo de exploración y curiosidad por lo desconocido, de valor y determinación, y atrae a esa clase de personas que prefieren la aventura a la indolencia, la velocidad a la calma, lo auténtico a lo ordinario. No todo el mundo que viste Belstaff abrirá nuevos caminos, alcanzará nuevas cotas o descubrirá lo que es vivir al límite, pero cada pieza de la colección de la firma está impregnada de ese legado como parte inherente de su diseño. ¿Aquí hay dragones? Descubrámoslos.

Robert Ryan es columnista de The Times y The Sunday Times y es autor de varias novelas históricas como The Dead Can Wait, un relato que narra la historia del doctor John Watson y que está ambientada en la Primera Guerra Mundial.

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