Oil in the Blood

«Las motos son el nexo; lo fascinante son las historias».

Charlie Lewis Belstaff Experience Video

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Motero, piloto de carreras y director de cine. El currículum de Gareth Maxwell Roberts es bastante extenso, especialmente si se tiene en cuenta que es el fundador del club de moteros The Bike Shed de Londres.

Y es precisamente en su sede donde nos reunimos con Gareth para hablar sobre su nueva película, Oil in the Blood, un documental que trata sobre lo último en personalización de motocicletas y la gente que vive y respira la cultura. Antes de que la película se presentara el 13 de abril en una proyección muy especial durante el Handbuilt Motorcycle Show de Texas, queríamos preguntarle sobre su amor por las motocicletas, el panorama actual de la personalización y, por supuesto, la propia película.

No obstante, a pesar de sentirnos orgullosos como patrocinadores de la película, lo primero que nos sorprendió fue que nuestros lazos con Gareth se remontan mucho más de lo que pensábamos...

Gareth Maxwell Roberts: Compré mi primera chaqueta Belstaff a principios de los 80 cuando me hice con mi primera moto, una Vespa antigua de estilo retro. Por aquella época, era mod y necesitaba algo funcional e impermeable. La tuve hasta hace unos cuatro años. Estaba muy deslucida; tuve que encerarla un montón de veces. Hace poco, compré la chaqueta Turner; me encanta porque puedo llevarla como una cazadora informal normal, pero cuando me subo a la moto solo tengo que ponerme la armadura y ya estoy protegido.

BH: ¡Una buena manera de empezar! ¿Qué significan las motos para ti?

GMR: No hay nada que se les parezca. Las motos se convierten en una extensión de ti mismo. Son muy físicas, debido a cómo las controlas. Usas tu propio peso, te expones, sales a la intemperie... Soy adicto. Soy adicto desde niño, desde que tenía 13 o 14 años.

BH: ¿Cómo te picó el gusanillo?

GMR: Metieron a un amigo en el Centro para Jóvenes Delincuentes de Feltham durante varios meses. Este amigo tenía una Yamaha RD250 increíblemente ligera y rápida. Bueno, pues su madre estaba tan enfadada que dijo: «Voy a vender tu moto. Cuando salgas ya no estará aquí». Así que mi amigo entró en pánico y me pidió que se la cuidara. El pacto era que yo la guardara en el cobertizo de mi padre, y lo cumplí. Pero también la usé. Así me convertí en adicto a las motos.

BH: ¿Y qué hay de tu interés por la personalización? ¿Cómo surgió?

GMR: Cuando dejé las carreras, pensé que era hora de bajar el ritmo. Pensé en comprar una moto antigua y de época. Cuando iba de camino a una reunión, vi una moto de carreras antigua de la marca Honda en un remolque y pensé que sería genial tener una así pero homologada.

Así que empecé a buscar en Internet. Fue por 2007 o 2008. Empecé a buscar gente que personalizara motos muy antiguas como las Honda CB750 y CB550, que en aquella época no quería nadie. Se podía comprar una en eBay por 500 libras en perfecto estado y desmontarla por completo para que pareciera una café racer, y me encantó la idea.

Esa cultura estaba surgiendo al mismo tiempo que se implantaba la banda ancha y que la gente empezaba a publicar imágenes de alta resolución en blogs. La gente blogueaba para contar lo que hacía. Hasta entonces, las culturas de personalización habían estado muy localizadas y ahora empezaban a convertirse en un fenómeno mundial. Había gente en Surrey que lo hacía y también en Tasmania, Finlandia y Alaska... Estaban en todo el mundo. Estaba naciendo esta cultura de creación propia. Me encantaba.

BH: ¿Cómo había sido el panorama hasta entonces?

GMR: La cultura de la personalización no es algo nuevo. Prácticamente desde el nacimiento de las motocicletas a principios de la década de 1900, la gente ha estado trasteando con ellas. En Estados Unidos, celebraban carreras al aire libre. Salían a un campo y aceleraban al máximo. Compraban una Harley nueva o de segunda mano y después la desmontaban para hacerla más ligera. Así surgió la cultura. Más adelante, en la década de los 40, los soldados volvieron de la Segunda Guerra Mundial y hubo una superabundancia de Harley Davidson militares que podías conseguir muy baratas y desmontarlas. Al mismo tiempo, había toda una cultura en torno a las trial y las scrambler, especialmente en el Reino Unido, con gente como Sammy Miller. Por aquel entonces no había motos de trial especializadas, así que las desmontaban por completo para que fueran más ligeras, rápidas y ágiles.

BH: Eso sí que es devoción por la funcionalidad. ¿Cuándo empezó a cobrar fuerza el aspecto estético? ¿Cuándo dio la personalización el salto hacia las chaquetas además de las motos?

GMR: Nació con las café racer a este lado [del Atlántico], aunque en Estados Unidos surgió a finales de los 40 y principios de los 50 con la proliferación de las bandas de moteros. Muchos de ellos eran exsoldados. Cuando volvieron a casa después de la guerra se aburrían mucho, así que se aficionaron a las motos y formaron clubes. El surgimiento de esta cultura coincidió con el nacimiento del rock and roll, tras el cual ambos quedaron intrínsecamente unidos desde el punto de vista estético.

BH: El documental parece plasmar una gran diversidad en el panorama actual de la personalización...

GMR: ¡Sí! No se me ocurre otra subcultura en la que puedas encontrar a un tipo de 55 años hablando con una chica de 21 sobre algo que a ambos les interesa y que ambos conocen.

Es algo realmente único y se ve constantemente. Si vas a un salón, verás una muestra representativa de aficionados realmente amplia. Y a todos les unen los mismos valores. Me parece fascinante.

BH: Parece que has visitado lugares increíbles. Hay una escena en la que se hacen carreras de motos sobre hielo. ¿Dónde fue?

GMR: Fue en el río congelado de Wisconsin. Lo de las carreras de motos sobre hielo es realmente interesante. Se hace en todo el mundo, en climas fríos, especialmente en los países nórdicos, Rusia, Canadá y la parte septentrional del Medio Oeste de Estados Unidos. Hay seis meses en los que hace tanto frío que no se puede conducir, así que lo que se hace es competir en lagos, carreteras y ríos congelados.

BH: ¿Puede ser tan peligroso como suena?

GMR: Si eres estúpido, sí [ríe]. Ellos saben lo que hacen. Hacen prácticas para medir la profundidad y hay un determinado espesor con el cual es seguro. Si el hielo no alcanza este espesor, resulta peligroso. Dicho esto, cuando grabamos aquella escena, nuestro chico de sonido, que es de Wisconsin, no se atrevió con el hielo.

BH: ¿Cuánto tiempo en total duró la filmación?

GMR: Casi tres años. Quería que la película documentara fielmente el panorama actual de esta cultura. Y eso solo iba a conseguirlo hablando con tanta gente como pudiera. Las motos son el nexo que lo une todo; pero lo fascinante son las historias. Muchas abordan temáticas universales: la obsesión, la adicción, el individualismo y la cultura en general. Hicimos nuestra primera entrevista en enero de 2016 y terminamos la edición casi tres años después.

BH: Es un largo viaje. ¿Qué tal ha ido?

GMR: Evidentemente, para terminar la película hizo falta dinero. Es una lucha constante y uno de los motivos por lo que tardamos tres años en terminarla. La colaboración de Belstaff ha supuesto una gran ayuda. Obviamente, también nos ha ayudado mucho desde el punto de vista económico. Es una buena asociación, ya que durante años Belstaff fue solo una marca de ropa para motoristas. Nunca ha olvidado esas raíces moteras y esa historia no se puede fabricar.

BH: Gracias por tu tiempo y mucha suerte con todo.

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