Historia cronológica del récord de velocidad en tierra

Rob Ryan nos cuenta la historia de los pilotos que intentaron convertirse en los hombres más rápidos sobre la faz de la tierra y por qué ese objetivo es un afán tan británico.

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Tom Wolfe lo llamó «Lo que hay que tener»; una mezcla de coraje, tenacidad, habilidad técnica, visión y tal vez un punto de imprudencia. Acuñó la expresión en referencia a los pioneros de los aviones cohete, incluido el Bell X-1, como el legendario Chuck Yeager. Pero bien podría aplicarse a quienes pilotan vehículos terrestres propulsados por cohete con el objetivo de ser los más rápidos en tierra. Puede que la fuente de alimentación sea relativamente reciente, pero es un título por el que se ha luchado desde 1898, cuando un francés llamado Gaston de Chasseloup-Laubat consiguió que su Jeantaud Duc, un coche eléctrico, alcanzara la vertiginosa velocidad de 105,88 km/h (65,79 mph). El reto estaba servido.

Los franceses permanecieron líderes en el torneo, pilotando vehículos eléctricos y de vapor. En 1902, los estadounidenses y el motor de combustión interna entraron en escena cuando William K. Vanderbilt estableció el récord en los 148,54 km/h (92,3 mph). El Automobile Club de Francia, que, por aquel entonces, se encargaba de la normativa que debía seguirse para batir el récord, en ocasiones fue un árbitro controvertido, como ocurrió, por ejemplo, en 1904 cuando descalificó, nada más ni nada menos que a Henry Ford con una marca de 147,05 km/h (91,37 mph) porque la carrera había tenido lugar en un lago congelado. En 1924, llegó el primer título para Gran Bretaña cuando Lydston Hornsted se convirtió en el hombre más veloz de la tierra con una marca de 199,70 km/h (124,09 mph). Era un presagio de lo que estaba por venir, ya que, como en muchas otras disciplinas del automovilismo, el ingenio, la ingeniería y el arranque británico llevaría al país a dominar el ámbito de la velocidad en tierra, una distinción rebasada únicamente por los Estados Unidos.

También en 1924, la Association Internationale des Automobile Clubs Reconnus (AIACR), el nuevo órgano rector para el récord de velocidad en tierra, estableció la norma de realizar dos carreras cronometradas en direcciones opuestas para mitigar los efectos de cualquier variación del viento. Estas reglas se mantienen prácticamente inalteradas hasta la fecha, aunque en la actualidad el órgano que se encarga de registrar los intentos de batir el récord es la Fédération Internationale de l'Automobile.

Ese mismo año, el inglés Malcolm Campbell batió el récord en la playa de Pendine Sands (Gales), conduciendo un Sunbeam que bautizó como «Blue Bird» (pájaro azul); un año más tarde, volvería y alcanzaría los 241,402 km/h. Por cierto, en 1924 Belstaff presentó por primera vez chaquetas de algodón encerado en una línea de ropa de calle. Campbell también era un ávido motorista y se convirtió en un apasionado de la marca, haciendo de sus chaquetas su seña de identidad.  


Los años 20 fueron testigo de la lucha entre los pilotos británicos Campbell, John Godfrey Parry-Thomas (el primer piloto en fallecer en accidente mientras intentaba batir el récord) y Henry Segrave, quien, en 1927, superó los 321 km/h con su Mystery . Pero los norteamericanos todavía no habían tirado la toalla. En 1928, Ray Keech alcanzó los 334,007 km/h (207,552 mph) en Daytona Beach (Florida, Estados Unidos). Sin embargo, esta fue la última victoria por algún tiempo. En los años 30, el título recayó en el triunvirato británico compuesto por Campbell (en 1937 su Blue Bird superó la marca de los 482,803 km/h), George Eyston con su Thunderbolt y John Cobb con el Railton Special. Hasta la Segunda Guerra Mundial y durante algunos años después, Gran Bretaña parecía tener el monopolio de los récords de velocidad en tierra.


Después, todo cambió. En Australia, Donald Campbell, hijo de Malcolm, estableció en 1964 un nuevo récord cuando alcanzó los 648,73 km/h (403,10 mph) con el Bluebird CN7. Pero también marcó el final de una era: la época en la que se intentaba batir el récord al volante de coches convencionales había terminado. Era el momento de los vehículos propulsados por motor a reacción. Los Estados Unidos volvían con fuerza con Craig Breedlove y el «Spirit of America», Tom Green con su «Wingfoot Express» y Gary Gabelich a los mandos del «Blue Flame» , todos ganadores en un momento u otro del récord mundial de velocidad en tierra.

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No fue hasta 1983 cuando los británicos volvieron a hacerse con el título, cuando Richard Noble y el acertadamente bautizado como «Thrust2», que llevaba el mismo modelo de motor que el avión de caza británico Lightning, alcanzó los 1019,47 km/h (633,47 mph). Un récord que se mantuvo durante 14 años, hasta que el teniente coronel de aviación y piloto de caza de la RAF Andy Green se puso al mando del ThrustSSC , una máquina desarrollada por Richard Noble, entre otros,   que finalmente rebasaría la barrera del sonido, alcanzando la velocidad de 1228,034 km/h (763,065 mph). Lo lógico sería que este vehículo supersónico hubiese sido el punto final. Después de todo, nadie ha superado todavía el récord impuesto por Green. Pero nada más lejos de la realidad. He aquí el Bloodhound.


El proyecto está supervisado por el director Richard Noble y cuenta de nuevo con Andy Green al mando del Bloodhound, cuyo sistema de propulsión se encomienda a dos motores: un reactor y un cohete, capaces de producir una potencia máxima de 135 000 CV —es decir, seis veces más de lo que producen todos los coches de una parrilla de Fórmula 1—, lo que le permite recorrer 1,60934 km en 3,6 segundos. Su objetivo es alcanzar los 1609 km/h (1000 mph) y hará las primeras carreras de prueba en el aeropuerto de Newquay Cornwall entre el 26 y el 30 de octubre, antes de que el equipo se traslade a Hakskeen Pan en Sudáfrica. Allí se realizará el intento de batir la marca de 1609,34 km/h de 2018.


Belstaff no faltará a la cita, para recordar así la antigua colaboración con el rey de la velocidad Malcolm Campbell y otros pioneros como Lawrence de Arabia, el alpinista Chris Bonington y el explorador Levison Wood. La marca proporcionará gafas de sol y ropa de color «azul Bloodhound» para mostrar su incondicional apoyo a la gran tradición británica de rebasar los límites y batir récords.

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